1986: Catástrofes tecnológicas y nuevos aires culturales
1986 quedó marcado en la memoria colectiva como un año de contrastes, donde los avances tecnológicos mostraron tanto su potencial revolucionario como sus riesgos devastadores. El 25 de febrero, Filipinas escribió un capítulo excepcional en su historia con la llamada "Revolución del Poder Popular". Tras masivas protestas pacíficas, el dictador Ferdinand Marcos, que había gobernado el país con mano de hierro durante 20 años, se vio obligado a huir, siendo sustituido por Corazón Aquino, viuda del líder opositor asesinado Benigno Aquino. Esta transición no violenta a la democracia, en la que jugaron un papel crucial la desobediencia civil, la Iglesia Católica y la retirada del apoyo estadounidense a Marcos, estableció un modelo inspirador para otros movimientos democratizadores en Asia y Europa del Este. El triunfo de la "revolución amarilla" (color simbólico del movimiento) demostró que la resistencia pacífica y la movilización masiva podían derrocar regímenes autoritarios aparentemente inquebrantables.
El fútbol mundial vivió un momento para la historia el 22 de junio en Ciudad de México, cuando se disputaron los cuartos de final del Mundial entre Argentina e Inglaterra. En un partido cargado de tensión, disputado apenas cuatro años después de la Guerra de las Malvinas, Diego Armando Maradona protagonizó dos de las jugadas más célebres del deporte rey: primero, el controvertido gol marcado con la mano (que el árbitro no detectó y que el propio Maradona describiría astutamente como "la mano de Dios") y apenas cuatro minutos después, "el gol del siglo", una espectacular carrera desde medio campo regateando a seis jugadores ingleses antes de definir ante el portero Peter Shilton. Argentina venció 2-1 y posteriormente se coronaría campeona. Este partido trascendió lo deportivo por su simbolismo político, mientras Maradona, que llevaría a su selección al título mundial, se consagraba como el mejor jugador de su generación, consolidando un estatus mítico que combinaría genialidad deportiva con controvertida personalidad.
El ámbito cultural fue sacudido por un acontecimiento que, aunque trágico, revolucionaría el mundo audiovisual. El 28 de enero, el transbordador espacial Challenger se desintegró apenas 73 segundos después de su lanzamiento debido al fallo de una junta tórica, provocando la muerte de sus siete tripulantes, incluida Christa McAuliffe, que habría sido la primera maestra en el espacio. Este accidente, transmitido en directo por televisión y presenciado por millones de escolares estadounidenses que seguían expectantes la misión educativa, supuso un duro golpe para el programa espacial de la NASA, que suspendió los vuelos durante 32 meses mientras investigaba los fallos técnicos y de gestión en la agencia. La tragedia del Challenger no solo expuso las presiones institucionales que llevaron a ignorar advertencias de seguridad, sino que también marcó un punto de inflexión en la percepción pública de la exploración espacial, matizando el optimismo tecnológico con una mayor conciencia de sus riesgos inherentes.
Sin embargo, la catástrofe más devastadora del año ocurrió el 26 de abril cuando el reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania (entonces parte de la URSS), explotó durante una prueba de seguridad, liberando una radiación 500 veces superior a la bomba de Hiroshima. Este desastre, el peor accidente nuclear de la historia, causó 31 muertes inmediatas y miles de casos de cáncer posteriores, contaminando extensas áreas de Bielorrusia, Ucrania y Rusia que permanecen inhabitables hasta hoy. La catástrofe evidenció dramáticamente los peligros de la energía nuclear y contribuyó significativamente al declive de esta industria a nivel mundial. Paradójicamente, la inicial ocultación soviética del accidente y su posterior gestión transparente bajo la política de glasnost simbolizaron la transición que experimentaba la URSS bajo Gorbachov. Chernóbil no solo cambió para siempre la percepción pública sobre la energía nuclear, sino que también aceleró las reformas internas en la Unión Soviética, convirtiéndose en un símbolo de las consecuencias del secretismo y la falta de transparencia en sistemas tecnológicos complejos.
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