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1966: La Revolución Cultural en China y el auge de movimientos radicales

El verano de 1966 presenció el inicio de uno de los episodios más convulsos y destructivos de la China moderna. El 16 de mayo, Mao Zedong, cuya posición dentro del Partido Comunista se había debilitado tras el fracaso del "Gran Salto Adelante", lanzó la "Gran Revolución Cultural Proletaria" para eliminar sus oponentes y renovar el espíritu revolucionario del país. Utilizando hábilmente los medios de comunicación controlados por su esposa Jiang Qing y el apoyo del ejército bajo Lin Biao, Mao movilizó a millones de jóvenes estudiantes organizados en los "Guardias Rojos" contra las "cuatro cosas viejas": ideas, cultura, costumbres y hábitos antiguos, así como contra supuestos "seguidores del camino capitalista" dentro del partido y la administración. Armados con el "Pequeño Libro Rojo" de citas de Mao como guía ideológica, estos adolescentes y jóvenes atacaron a profesores, intelectuales, artistas y funcionarios, organizaron "sesiones de lucha" donde los acusados eran humillados públicamente, destruyeron templos, bibliotecas y objetos artísticos, y denunciaron incluso a sus propios padres como contrarrevolucionarios. Figuras prominentes del partido como Liu Shaoqi (presidente de la República) y Deng Xiaoping fueron purgados, mientras el culto a la personalidad de Mao alcanzaba proporciones cuasi-religiosas. La violencia se intensificó cuando diferentes facciones de Guardias Rojos comenzaron a enfrentarse entre sí, causando decenas de miles de muertes. Las universidades cerraron durante años, millones de jóvenes urbanos fueron enviados obligatoriamente al campo para ser "reeducados" por campesinos, y el desarrollo económico y cultural del país se paralizó durante una década. Este movimiento, que Mao presentaba como una purificación ideológica, fue en realidad una lucha por el poder que utilizó a la juventud como instrumento para atacar al aparato del partido. La Revolución Cultural, que se prolongaría hasta la muerte de Mao en 1976, causaría millones de víctimas (entre muertes, suicidios, persecuciones y familias destruidas) y una incalculable pérdida de patrimonio cultural, dejando traumas sociales y psicológicos que persisten en la sociedad china contemporánea. Paradójicamente, tras este último gran experimento maoísta, China adoptaría bajo Deng Xiaoping reformas económicas de mercado que la llevarían a convertirse en la segunda economía mundial, una evolución que habría horrorizado a los ideólogos de la Revolución Cultural.

El 30 de julio de 1966, el mítico estadio de Wembley en Londres fue testigo de uno de los momentos más emblemáticos de la historia del fútbol mundial. En la final de la Copa Mundial, Inglaterra, dirigida por Alf Ramsey y capitaneada por Bobby Moore, derrotó a Alemania Occidental por 4-2 en la prórroga, con un controvertido tercer gol de Geoff Hurst (cuyo disparo rebotó en el travesaño y sobre la línea de gol, según el árbitro) y un hat-trick completo del mismo jugador, único en una final mundialista hasta hoy. Este triunfo, logrado en su propio país y con la presencia de la reina Isabel II en el palco, representó el punto culminante del fútbol inglés y fue celebrado como reafirmación del país que había inventado el deporte moderno pero nunca había ganado el máximo trofeo. El torneo, marcado por la polémica eliminación de Brasil (bicampeón vigente) en fase de grupos tras violentas entradas contra Pelé, la sorprendente actuación de Corea del Norte (que eliminó a Italia) y el ascenso de figuras como Eusebio de Portugal, formaba parte de las celebraciones del 900 aniversario de la conquista normanda de Inglaterra. Para los ingleses, la victoria de 1966, que llegaba en un momento de declive del imperio británico y de la influencia global del país, proporcionó un impulso al orgullo nacional y ha quedado grabada en la memoria colectiva, convirtiéndose en referencia constante (y a veces en lastre) para todas las selecciones inglesas posteriores. La imagen del capitán Moore, con su elegancia característica, recibiendo el trofeo Jules Rimet de manos de la reina, y la legendaria narración de Kenneth Wolstenholme cuando aficionados invadieron el campo antes del gol final ("They think it's all over... it is now\!" \- "Creen que ya ha terminado... ¡ahora sí\!") se han convertido en momentos icónicos de la cultura popular británica, inmortalizados en innumerables documentales, canciones y referencias culturales.

La literatura mundial fue testigo de un acontecimiento histórico el 5 de agosto de 1966, cuando se publicó "La condición humana" (La Condition Humaine) de André Malraux. Esta novela, ambientada durante la fracasada revolución china de 1925-1927, narra la historia de varios revolucionarios comunistas durante el levantamiento de Shanghái y su posterior represión por las fuerzas nacionalistas de Chiang Kai-shek. La obra, que ganó el prestigioso Premio Goncourt, consolidó a Malraux como uno de los escritores más importantes del siglo XX y como voz fundamental del compromiso político de los intelectuales occidentales. Basada parcialmente en la propia experiencia del autor en China, donde había participado en actividades revolucionarias, "La condición humana" exploró profundamente temas como la dignidad humana frente a la opresión, el sentido del sacrificio revolucionario, la tensión entre individualismo y compromiso colectivo, y las contradicciones entre ideales y realidad política. El estilo de Malraux, con su característica intensidad emocional, sus reflexiones filosóficas y sus escenas de acción cinematográficas, impactó profundamente en la literatura de su tiempo. Esta novela, que reflejaba las tensiones ideológicas de los años 30 y el creciente enfrentamiento entre fascismo, comunismo y democracia, contribuyó a la mitificación de la revolución como causa noble a pesar de sus fracasos prácticos, una visión que influiría en generaciones de intelectuales y activistas. Malraux, quien posteriormente participaría en la Guerra Civil Española y la Resistencia francesa contra los nazis, encarnaría la figura del escritor comprometido con las luchas de su tiempo, un modelo que inspiraría a autores como Hemingway, Orwell o Camus. Su obra transcendió lo literario para convertirse en referente cultural y político, explorando las grandes preguntas sobre el sentido de la acción humana en un mundo de conflictos ideológicos y morales.

El panorama farmacéutico y social experimentó una revolución el 15 de junio de 1966 cuando la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de Estados Unidos aprobó el uso generalizado de Enovid, el primer anticonceptivo oral combinado. Esta píldora, desarrollada por el científico Gregory Pincus con financiación de la activista por el control de la natalidad Margaret Sanger y la filántropa Katharine McCormick, combinaba estrógeno y progesterona sintéticos para inhibir la ovulación. Aunque se había aprobado inicialmente en 1960 para trastornos menstruales, su uso como anticonceptivo se extendió rápidamente, ofreciendo por primera vez a las mujeres un método de control de la fertilidad altamente efectivo, conveniente y bajo su control. Esta innovación médica tuvo profundas implicaciones sociales al desvincular claramente la sexualidad de la reproducción, contribuyendo significativamente a las transformaciones en las relaciones de género, la estructura familiar y las normas sociales que caracterizarían la llamada revolución sexual de los años 60 y 70\. La píldora facilitó la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral y la educación superior al permitirles planificar sus embarazos, lo que a su vez impulsó el movimiento feminista de la segunda ola. Sin embargo, también generó controversias y resistencias, particularmente de grupos religiosos que la consideraban inmoral por promover las relaciones sexuales prematrimoniales o por intervenir en un proceso "natural". Así mismo, sus efectos secundarios, inicialmente subestimados, y la experimentación en poblaciones vulnerables para su desarrollo plantearían posteriormente importantes cuestiones éticas. A pesar de estas controversias, la píldora anticonceptiva representó un punto de inflexión en la historia de la medicina y la sociedad, simbolizando la creciente autonomía reproductiva femenina y alterando fundamentalmente las expectativas culturales sobre la sexualidad, el matrimonio y la maternidad.

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