2000: Entre controversias electorales y burbujas tecnológicas
El nuevo milenio se inauguró en medio de turbulencias políticas y transformaciones culturales que presagiaban un siglo XXI complejo. El 26 de marzo, Rusia experimentó un cambio político significativo cuando Vladimir Putin ganó las elecciones presidenciales en primera vuelta con el 53% de los votos. Este ex-agente de la KGB, que había sido nombrado primer ministro por Boris Yeltsin en 1999 y presidente interino tras su dimisión en diciembre, completaba así un ascenso meteórico desde la relativa oscuridad hasta la presidencia en apenas unos meses. Su elección, presentada como promesa de estabilidad tras la caótica era Yeltsin de los años 90, marcaría el inicio de una nueva época en la política rusa caracterizada por la recentralización del poder, el control progresivo de los medios de comunicación y la recuperación de influencia internacional. La figura de Putin se convertiría en una de las más determinantes en la geopolítica global del siglo XXI, transformando a Rusia de un país debilitado tras la caída de la URSS en un actor internacional desafiante al orden occidental.
El escenario deportivo internacional tuvo su punto culminante con los Juegos Olímpicos de Sídney, celebrados entre el 13 de septiembre y el 1 de octubre. Considerados por muchos expertos como los mejor organizados de la historia hasta ese momento, estos juegos tuvieron como grandes protagonistas al nadador australiano Ian Thorpe, que electrizó a su país anfitrión ganando tres medallas de oro y dos de plata, y al remero británico Steve Redgrave, que logró su quinta medalla de oro en cinco juegos consecutivos, una hazaña sin precedentes en deportes de resistencia. La ceremonia de clausura, que incluyó una actuación de la banda Savage Garden, cerró unas olimpiadas marcadas por la excelente organización australiana y el extraordinario ambiente en las competiciones. Estos juegos también destacaron por ser los primeros en incluir un número similar de pruebas masculinas y femeninas, avanzando significativamente en la igualdad de género olímpica y estableciendo estándares de inclusión que se desarrollarían en ediciones posteriores.
El panorama cultural británico experimentó un hito significativo el 15 de febrero con la apertura de la Tate Modern en Londres. La antigua central eléctrica de Bankside, magistralmente reconvertida por los arquitectos Herzog & de Meuron, se transformó en uno de los museos de arte contemporáneo más visitados del mundo, con su espectacular Turbine Hall como espacio icónico para instalaciones monumentales que redefinían la relación entre arte, arquitectura y público. Esta inauguración reflejó el auge del turismo cultural como motor económico urbano y la tendencia a revitalizar zonas industriales mediante infraestructuras culturales, siguiendo el exitoso modelo del "efecto Guggenheim" iniciado en Bilbao. La Tate Modern simbolizó también la consolidación de Londres como capital artística global en el cambio de milenio, parte de la reinvención de la ciudad como centro cultural y financiero internacional tras décadas de declive postindustrial. El museo representó una nueva forma de entender las instituciones culturales: menos elitistas, más interactivas y concebidas como espacios de experiencia social tanto como de contemplación artística.
La transición al nuevo milenio, que había generado temores apocalípticos, se produjo sin los anticipados colapsos tecnológicos. La noche del 31 de diciembre de 1999 al 1 de enero de 2000, miles de millones de personas en todo el mundo celebraron la llegada del año 2000 con espectaculares fuegos artificiales y fiestas masivas, en lo que probablemente fue la mayor celebración global sincronizada de la historia. El temido "efecto 2000" o Y2K, un fallo informático que algunos predecían causaría un colapso tecnológico global debido a la forma en que los ordenadores procesaban las fechas, no se materializó gracias a las extensas medidas preventivas implementadas por gobiernos y empresas. Este momento de optimismo colectivo, anterior a los atentados del 11-S que transformarían radicalmente la percepción global de seguridad, representó un breve interludio de esperanza tras el fin de la Guerra Fría. Sin embargo, el año 2000 también vio el inicio del estallido de la burbuja de las empresas "puntocom", que llevó a la quiebra a numerosas startups tecnológicas sobrevaluadas, anticipando las vulnerabilidades del nuevo orden económico digital.
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